«Si cualquiera de ustedes
se da por las paredes
o arroja de un tejado,
y queda, a buen librar,
descostillado,
yo me reiré muy bien: importa un
pito,
como tenga mi bálsamo exquisito.»
Con esta relación un chacharero [15]
gana mucha opinión y más dinero;
pues el vulgo, pendiente de sus
labios,
más quiere a un Charlatán que a
veinte sabios.
Por esta conveniencia
los hay el día de hoy en toda
ciencia,
que ocupan, igualmente
acreditados,
cátedras, academias y tablados.
Prueba de esta verdad será un
famoso
doctor en elocuencia, tan copioso
en charlatanería,
que ofreció enseñaría
a hablar discreto con fecundo
pico,
en diez años de término, a un
borrico.
Sábelo el Rey; lo llama, y al
momento
le manda dé lecciones a un
jumento;
pero bien entendido
que sería, cumpliendo lo
ofrecido,
ricamente premiado;
mas cuando no, que moriría
ahorcado.
El doctor asegura nuevamente
sacar un orador asno elocuente.
Dícele callandito un cortesano:
«Escuche, buen hermano;
su frescura me espanta:
a cáñamo me huele su garganta.»
«No temáis, señor mío,
respondió el Charlatán, pues yo
me río.
¿En diez años de plazo que
tenemos,
el Rey, el asno o yo no
moriremos?»
Nadie encuentra embarazo
en dar un largo plazo
a importantes negocios; mas no advierte
que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
[14] Esta fábula tiene dos partes bien definidas: la sátira habitual contra los charlatanes y embaucadores inútiles, y otra más profunda, de matiz metafísico, aunque aquí esté expresada con cierto humor cruel: la lucidez ante la realidad ineludible de la muerte, tema tan explotado por la filosofía existencialista en la primera mitad del siglo XX. Recuérdese el aforismo del filósofo alemán Martin Heidegger: «El hombre es un ser para la muerte». <<
[15] Charlatán. Derivado de cháchara, define al que habla mucho y sin sustancia. <<
[15] Charlatán. Derivado de cháchara, define al que habla mucho y sin sustancia. <<

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