«No sé cómo hay jumento
que, teniendo un adarme de
talento,
quiera meterse a burro de
hortelano.
Llevo a la plaza desde muy
temprano
cada día cien cargas de verdura,
vuelvo con otras tantas de
basura,
y para minorar mi pesadumbre,
un criado me azota por costumbre.
Mi vida es ésta; ¿qué será mi
muerte,
como no mude Júpiter mi suerte?»
Un Asno de este modo se quejaba.
El dios, que sus lamentos
escuchaba,
al dominio le entrega de un
tejero.
«Esta vida, decía, no la quiero:
del peso de las tejas oprimido,
bien azotado, pero mal comido,
a Júpiter me voy con el empeño
de lograr nuevo dueño.»
Envióle a un curtidor; entonces
dice:
«Aun con este amo soy más
infelice.
cargado de pellejos de difunto
me hace correr sin sosegar un
punto,
para matarme sin llegar a viejo,
y curtir al instante mi pellejo.»
Júpiter, por no oír tan largas
quejas,
se tapó lindamente las orejas,
y a nadie escucha, desde el tal
pollino,
si le hablan de mudanza de
destino.
Sólo en versos se encuentran los dichosos,
que viven ni envidiados ni envidiosos[3] .
la espada por feliz tiene al arado,
como el remo a la pluma y al cayado;
mas se tiene por míseros en suma
remo, espada, cayado, esteva y pluma.[4]
Pues ¿a qué estado el hombre llama bueno?
Al propio nunca; pero sí al ajeno.
[3] Pensamiento que ya encontramos en Fray Luis de León, casi con la misma formulación, en la famosa décima «Al salir de la cárcel»:
«…y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.»
<<[4] Espléndido verso-resumen con que cierra los conceptos diseminados en la moraleja. <<
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