Una Águila rapante,
con vista perspicaz, rápido
vuelo,
descendiendo veloz de junto al
cielo,
arrebató un cordero en un
instante.
Quiere un Cuervo imitarla: de un
carnero
en el vellón sus uñas hacen
presa;
queda enredado entre la lana
espesa,
como pájaro en liga prisionero.
Hacen de él los pastores vil
juguete,
para castigo de su intento necio.
Bien merece la burla y el desprecio
el Cuervo que a ser Águila se mete.
El viejo me ha dictado esta
patraña,
y astutamente así me desengaña.
Esa facilidad, esa destreza,
con que arrebató el Águila su
pieza,
fue la que engañó al Cuervo, pues
creía
que otro tanto a lo menos él
haría.
Mas ¿qué logró? Servirme de
escarmiento.
¡Ojalá que sirviese a más de ciento,
poetas de mal gusto inficionados,
y dijesen, cual yo, desengañados:
«El Águila eres tú, divino Iriarte;
ya no pretendo más sino admirarte:
sea tuyo el laurel, tuya la gloria,
y no sea yo el cuervo de la historia!»
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